Por Juan Domingo Perón
El día 16 de septiembre de 1955, a primera hora, se tuvo conocimiento
de que en el interior se habían producido algunos levantamientos.
En Córdoba, habían secuestrado al Director de la Escuela de
infantería durante la noche. La Escuela de Artillería sublevada había
emplazado los cañones en la tarde anterior con el pretexto de un
ejercicio del día siguiente y, con las primeras luces, había abierto el
fuego contra el casino de oficiales donde dormían los jefes y oficiales
de la Escuela de Infantería.
Esto había producido una gran confusión, repuestos de la cual, se
combatía en los alrededores del cuartel de esta última unidad contra
efectivos rebeldes de la Escuela Militar de Aviación.-
En Río Santiago, unidades de la Escuela Naval sublevada habían
pretendido salir de la base y atacar la ciudad de Eva Perón siendo
detenidos por la policía de Buenos Aires, pero permaneciendo en posición
en el linde de la base.
En Curuzú Cuatiá (Corrientes), habíase producido un conato de
sublevación en la Escuela de Blindados siendo sofocada y dominada
inmediatamente.
En Puerto Belgrano, base naval de Bahía Blanca, no había novedad, aunque se supo que la Aviación Naval estaba en movimiento.
La escuadra efectuaba ejercicios en la zona sud de la República
(Golfo Nuevo, Chubut) y no se tenía noticias sobre su actitud. En la
Capital federal como en las demás guarniciones militares la situación
era tranquila.
Desde las primeras horas del día 16 permanecimos en el Comando en
jefe de las fuerzas de represión en el edificio del Ministerio de
Ejército, con el Ministro Lucero, el Comandante en Jefe del Ejército,
General José Domingo Molina y el jefe de operaciones General Ymaz ( este
nombre lo hallaremos más adelante).
Tanto el Ministro de Ejército como el Comandante en Jefe eran de
opinión que se trataba de una acción descabellada que sería conjurada en
pocas horas, pues fracaso el intento de Curuzú Cuatiá se luchaba en Río
Santiago y en Córdoba en buenas condiciones, la concurrencia de otras
tropas hacia esos focos, aseguraba el éxito para los días siguientes.
El día 17 de septiembre, la situación general era absolutamente
favorable, si bien continuaba la lucha en Córdoba, en Río Santiago se
había detenido. Durante ese día se tuvo noticia que la escuadra se había
puesto en marcha saliendo de Puerto Madryn hacia el norte. La
observación aérea era imposible debido a las condiciones climáticas.
Ya ese día se conoció también que en Puerto Belgrano (Bahía Blanca)
se habían producido disturbios entre fuerzas de marinería y la población
civil. En la base de submarinos de Mar del Plata se mantenía el orden y
era leal al gobierno.
El día 18 a la noche la situación era clara para el comando de
represión y lanzadas las unidades concéntricamente hacia los focos de la
rebelión, no quedaba más que esperar su llegada para someter a los
rebeldes. La enorme superioridad de fuerzas no deja dudas sobre el
resultado. Este mismo día se tuvo conocimiento de la defección de los
Destacamentos de Montaña de Mendoza y San Juan, pero ello se reduce a
que sus jefes se han negado a marchar sobre Córdoba.
En Río Santiago la intervención de la Aviación de Bombardeo ha
despejado la situación. La Escuela Naval derrotada por la policía de
Buenos Aires y el Regimiento 7 de Infantería, se ha embarcado en un
aviso y unos lanchones y ha huido. Allí no hay enemigo.
En Bahía Blanca, las Fuerzas de Infantería de Marina han ocupado la
ciudad, pero avanzan hacia allí las fuerzas de la represión, muy
obstaculizadas por las fuertes lluvias y hostigadas por la aviación
rebelde. Sin embargo, todo es cuestión de tiempo.
La escuadra, según las noticias que se tienen, ha bombardeado la
ciudad de Bahía Blanca, destruido las plantas compresoras de gas, las
usinas y parte de la población. La ciudad está sin agua, sin gas y sin
luz.
La ciudad de Mar del Plata también ha sufrido los efectos del bombardeo intenso de la escuadra y de la aviación rebelde.
El día 18 de septiembre a la noche la escuadra sublevada amenaza con
el bombardeo a la ciudad de Buenos Aires y la destilería Eva Perón. Lo
primero de una monstruosidad sin precedentes, y lo segundo, la
destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cuatrocientos
millones de dólares.

La situación militar era ampliamente favorable, pues desplegadas las
fuerzas solo era cuestión de tiempo y de lucha para someter a los focos
rebeldes de Córdoba y Bahía Blanca. En la Capital Federal quedaban aún
sin emplear la primera división de ejército motorizada, las fuerzas
blindadas de Campo de Mayo, el Batallón Buenos Aires y, muchas otras
fuerzas absolutamente leales.
Sin embargo me preocupaba la amenaza de bombardeo a la población
civil en la que seguramente perderían la vida miles de inocentes que
nada tenían que ver con la contienda. Ya había Buenos Aires presenciado
la masacre del 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó
la Plaza de Mayo y ametralló las calles atestadas de gente, matando o
hiriendo a mansalva al pueblo indefenso. Era de pensar lo que ocurriría
en un bombardeo indiscriminado, sobre una ciudad abierta, sometida a la
acción combinada de los cañones navales y las bombas aéreas. Las
condiciones climáticas eran desfavorables para toda acción defensiva,
pues la intensa lluvia hacía imposible toda exploración y acción sobre
los barcos.
Me preocupaba también la destrucción de la destilería de petróleo de
Eva Perón, una obra de extraordinario valor para la economía nacional y
que yo la consideraba como un hijo mío. Yo había puesto el primer
ladrillo hacía casi nueve años y yo la había puesto en funcionamiento.
Es indudable que, para los demás, no podía tener el mismo valor que para
mí.
Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil
de amplia destrucción y recordaba el panorama de una pobre España
devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaron abrir los
arsenales y entregar armas y municiones a los obreros que estaban
ansiosos de empuñarlas, pero eso hubiera representado una masacre y,
probablemente, la destrucción de medio Buenos Aires. Esas cosas uno sabe
cómo comienzan pero no en que terminan.
Siempre he pensado que la misión de un gobernante es la custodia de
la nación misma. Su objetivo deberá ser siempre el bien de la Patria.
Todos los demás objetivos son secundarios frente a éste. Se trataba
entonces de elegir la resolución que mejor conformara a ese principio.
En nuestra doctrina habíamos establecido claramente que la escala de
valores justicialista era: primero, la Patria; luego, el movimiento y
después los hombres. Se trataba simplemente de cumplirlo.
Algunos generales y jefes amigos y leales, se empeñaron en
convencerme para que continuara la lucha que, desde el punto de vista
militar, era ampliamente favorable. Recuerdo que uno me dijo: “si yo
fuera el presidente, continuaba”. “Yo también si fuera el general
continuaría”, le contesté.
Otros ensayaron persuadirme con el argumento de salvar la
Constitución y la ley afirmando el principio de su acatamiento.
Argumento justo pero sofistico. La ley, la Constitución son para la
República y no éstas para aquellas. Nada hay superior a la Nación misma.
Lo que hay que salvar siempre es el país. Lo demás es secundario frente
a él.
Después de una madura reflexión llamé al Ministro de Ejército,
General Franklin Lucero, jefe de las fuerzas de represión, y le dije:
“Estos bárbaros ya sabemos que no tendrán escrúpulos para hacerlo. Es
menester evitar la masacre y la destrucción. Yo no deseo ser factor para
que un salvajismo semejante se desate s0obre la ciudad inocente, y
sobre las obras que tanto nos han costado levantar. Para sentir esto es
necesario saber construir. Los parásitos difícilmente aman la obra de
los demás”.
Es indudable que para resolver este difícil momento de la situación
debí recurrir a mis últimas energías, pues era más fácil para mí dejar
hacer a mis comandos, que oponerme a sus inclinaciones de lucha y a las
mías propias. Ya una vez me había encontrado en situación similar,
siendo Ministro de Guerra en 1945. En esa ocasión resolví lo mismo:
renunciar. Los hechos posteriores me dieron la razón y los mismos
camaradas que entonces me instaban a pelear debieron reconocer mi
acierto. Espero que en esta ocasión suceda lo mismo. En ese concepto
procedí a hacer efectiva mi resolución con la siguiente comunicación:
Nota pasada al Señor Ministro de Ejército, General de División Don
Franklin Lucero, en su carácter de Jefe de las fuerzas de represión
Buenos Aires, 18 de septiembre de 1955.-

Hemos llegado a los actuales acontecimientos guiados sólo por el
cumplimiento del deber. Hemos tratado por todos los medios de respetar y
hacer respetar la Constitución y la ley. Hemos servido y obedecido sólo
los intereses del Pueblo y su voluntad.
Sin embargo, ni la Constitución ni la ley, pueden ser superiores a la Nación misma y sus sagrados intereses.
Si hemos enfrentado la lucha ha sido en contra de nuestra voluntad y obligados ‘por la reacción que la preparó y la desencadenó.
La responsabilidad cae exclusivamente sobre ellos deque que nosotros hemos cumplido el mandato de nuestro irrenunciable deber.
Hace pocos días intenté alejarme del Gobierno si ello era una
solución para los actuales problemas políticos. Las circunstancias
públicamente conocidas me lo impidieron, aunque sigo pensando e insisto
en mi actitud de ofrecer esta solución.
La Decisión del Vice-Presidente y legisladores de seguir mi decisión
con las suyas impide en cierta manera la solución constitucional
directa. Por otra parte, pienso que es menester una intervención un
tanto desapasionada y ecuánime para encarar el problema y resolverlo.
No existe un hombre en el país con suficiente predicamento para
lograrlo, lo que me impulsa a pensar en que lo realice una institución
que ha sido, es y será una garantía de honradez y patriotismo: el
ejército.

El ejército puede hacerse cargo de la situación, el orden y el
gobierno, para construir una pacificación entre los argentinos,
empleando para ello la forma más adecuada y más ecuánime.
Creo que ello se impone para defender los intereses superiores de la
Nación. Estoy persuadido que el Pueblo y el Ejército aplastarán el
levantamiento pero el precio será demasiado cruento y perjudicial para
sus intereses permanentes.
Yo, que amo profundamente al Pueblo, sufro un tremendo desgarramiento
en mi alma presenciando su lucha y su martirio. No quisiera morir sin
hacer el último intento por su tranquilidad y felicidad.
Si mi espíritu de luchador me impulsa a la pelea, mi patriotismo y mi
honradez ciudadana me inclinan a todo renunciamiento personal en
holocausto a la Patria y al Pueblo.
Ante la amenaza de bombardeos a los bienes inestimables de la Nación y
sus poblaciones inocentes, creo que nadie puede dejar de deponer otros
intereses y pasiones.
Creo firmemente que esta debe ser mi conducta y no trepido en seguir ese camino. La historia dirá si había razón para hacerlo.
Juan Perón
Inmediatamente la remití al General Lucero quien la leyó por radio y la entregó a publicidad.
El día 19 de septiembre, de acuerdo con el contenido de la nota, el
Ministro Lucero formó una junta de generales, encargándoles discutir con
los rebeldes la forma de evitar la masacre y la destrucción, para lo
cual, si ello era una solución, el Presidente ofrecía su retiro.
La Junta de Generales se reunió el día 19 de septiembre en una larga
sesión, interpretando que la nota presidencial era su renuncia. Llamaron
a algunos auditores y les solicitaron dictamen al respecto. Según me
informaron luego, alguno de ellos interpretó que se trataba de una
renuncia y la Junta intentó constituirse en gobierno y hasta expidió un
decreto.
Al enterarme de semejante cosa llamé a la Presidencia a los generales
de la Junta, el mismo día 19 en la noche, y les aclaré que la nota no
era una renuncia sino un ofrecimiento que ellos podían usar en las
negociaciones. Les aclaré que si fuera una renuncia estaría dirigida al
Congreso de la Nación y no al Ministro de Ejército, que era un
Secretario de Estado. Les reafirmé asimismo que el Presidente
Constitucional lo era hasta tanto el Congreso le aceptara su renuncia,
en caso de presentarla.
La misión de la Junta de Generales era sólo negociadora. Tratándose
de un problema de las fuerzas, nadie mejor que ellos para considerarlo y
resolverlo ya que, si se tratara de un asunto de opinión, yo lo
resolvería en cinco minutos. Los generales aceptaron y salieron de la
Presidencia dispuestos a cumplir su misión. Algunos de ellos me merecían
confianza.
Llegados los generales al Comando de Ejército, según he sabido
después, tuvieron una reunión tumultuosa en la que la opinión de los
débiles e indecisos fue dominada por los que ya estaban inclinados a
defeccionar por conveniencia.
Supimos luego que el Comando en Jefe del Ejército de represión,
estaba dominado por enemigos. Su propio jefe de operaciones, el general
Ymaz, fue nombrado jefe de las Fuerzas Motorizadas de Campo de Mayo por
los rebeldes, inmediatamente después de la revolución.
Esa misma madrugada del 20 de septiembre fue llamado al Comando en
Jefe mi ayudante, mayor Gustavo Renner, a quien el general Manni le
comunicó en nombre de los demás que la junta constituída en gobierno
había aceptado la renuncia (que no había presentado) y que debía
abandonar el país.
La revolución quedaba con el país en sus manos. Me temo que no sepa
que hacer con él. Los días dirán que una dictadura militar más se ha
producido; los meses mostrarán un nuevo fracaso de este gobierno enemigo
del Pueblo y los años condenarán la ambición, la incapacidad y la
deshonestidad de un grupo de hombres de armas que no supo cumplir con su
deber y que produjo tremendos males en el país”.

Juan Domingo Perón, La fuerza es el derecho de las bestias (fragmento), Panamá, 1956